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Periódico "El Día", Domingo 20 de Abril de 1975

Suplemento Dominical "El Gallo Ilustrado"

 

El Congreso Panamericano de Buenos Aires

Manuel Ugarte

 

   Con motivo del cuarto Congreso Panamericano que, después de tantas dudas y postergaciones, debía reunirse en Buenos Aires en 1910, quedaron subrayadas una vez más las inquietudes que levanta en el Nuevo Mundo la tendencia imperialista; y acaso no resulte inútil insistir sobre los antecedentes y las consecuencias de esa asamblea, que dio lugar a tantas discusiones en la América española.

   La atmósfera en la cual se iniciaron los primeros trabajos no pareció ser la más propia para favorecer la misión paradojal que el Panamericanismo persigue. Unas repúblicas hicieron esperar su respuesta a la invitación, otras insinuaron que asistirían por cortesía. Convocada para el 25 de mayo, la conferencia fue aplazada varias veces. Nadie hacía gala de entusiasmo. Se acumulaban los inconvenientes. Y como si la casualidad traviesa se recreara en el desorden, asistimos a una serie de conflictos que distanciaron a algunas repúblicas hispanoamericanas entre sí y alejaron a varias de ellas de los Estados Unidos.

   El desacuerdo del Uruguay con la Argentina con motivo de la división de las aguas, el desgraciado arbitraje de esta última nación en el litigio entre el Perú y Bolivia, la situación flotante del Paraguay, solicitado por dos naciones limítrofes, y las rivalidades viejas de varios Estados de la América Central, acentuaron los resultados penosos del desmigajamiento que debilita a nuestra América. No había guerras ni rupturas ruidosas, pero se sentía el malestar de núcleos trabajados por agitaciones confusas. La inclinación a perseguir vanas hegemonías y las ingenuas ambiciones de preeminencia de los Estados más prosperos dieron lugar a un tejido de intrigas tan complicado como pueril. Todo ello no puede comprometer nunca, naturalmente, la unidad superior de las repúblicas hermanas. Se trata, por así decirlo, de simples querellas de familia que estallan y se extinguen sin dejar rencores. Pero por superficiales que fueran los enojos, ese recrudecimiento de rivalidad y de mal humor se reflejó sobre el éxito y la composición de la asamblea.

   Sin embargo, esta circunstancia no hubiera sido obstáculo para la reunión de un congreso fraternal. Lo que determinó la indiferencia y la sorda hostilidad que comprobamos, fue la política complicada y sutil del imperialismo.

   El conflicto con Chile, que puso en evidencia el deseo de utilizar pretextos de orden comercial para hacer sentir una presión política; y sobre todo, los acontecimientos de Nicaragua, donde los extraños intervenían abiertamente, sin esconder sus propósitos, despertaban en ciertas regiones un revuelo de inquietudes. Los diarios de Colombia y de la América Central estaban llenos de ardientes proclamas patrióticas y de llamadas supremas al patriotismo. En todas partes asomaba el recelo, el rencor, la desconfianza. Y la prensa de Nueva York contribuía a agravar la situación. El Washington Times , que por ser órgano oficioso de la cancillería, insinuaba la necesidad de establecer estaciones navales estratégicas en las cercanías del Canal, tanto del lado del Pacífico como del Atlántico, poniendo así  en tela de juicio, no sólo la autonomía de la América Central, sino la del Ecuador, Colombia y Venezuela.

 

   Con esta publicación coincidía otra que, fue muy comentada por la prensa hispanoamericana. Un diario que se publica en los Estados Unidos en idioma castellano, Las Novedades, se hizo eco de proyectos que, según él, acababan de ser estudiados por la famosa Oficina de Repúblicas. Se trataba de proceder a un fantástico reparto del Nuevo Mundo entre las cinco naciones más fuertes. México, con el consentimiento de los Estados Unidos, absorbería la América Central, abandonado a Norteamérica amplios territorios en las cercanías del Canal (lo que es hoy la República de Costa Rica y las islas Clipperton( y comprometiéndose a crear en el punto culminante de la comunicación entre los dos océanos, del lado del Pacífico, un nuevo Gibraltar. Lo demás sería reunido en tres grupos. La Argentina se apoderaría del Paraguay, el Uruguay y las provincias del Perú y Bolivia que dan hacia el lado oriental de la cordillera de los Andes. El Brasil dominaría a Venezuela y las comarcas de Colombia y Ecuador situadas del mismo lado. Para Chile quedarían toda la costa del Pacífico, hasta las posesiones del istmo. Y los Estados Unidos, directores supremos de esta gigantesca remoción, se afirmarían de una manera definitiva en las Antillas, ensanchando sus posesiones alrededor del Canal y reservándose islas, puertos y derechos superiores en todas partes.

   Lo que había de novelesco y de irrealizable en esta concepción no impidió que la opinión pública se conmoviera en algunos países. Las dieciséis repúblicas suprimidas brutalmente por el peligroso soñador hicieron oír su protesta, y un importante diario de Bogotá, El Nuevo Tiempo, sintetizó el pensamiento general en un artículo, que fue ampliamente reproducido y comentado: "No queremos tomar en serio -decía en síntesis- lo que no puede nacer más que de la fantasía de un escritor, ávido de sensacionalismos. Para distribuir así en jirones nuestras nacionalidades serían necesarias innumerables guerras. El peligro para nosotros no vendrá jamás del Brasil, ni de la Argentina ni de Chile, ni de México. El único peligro real reside en las ambiciones formidables de los Estados Unidos."

   Otro incidente que hirió el sentimiento público en las Antillas fue el que se produjo en Cuba. Dos diputados cubanos, que no eran, según parece, de pura raza blanca, acariciaron una noche la idea de tomas una taza de café en uno de los grandes hoteles que existen en La Habana desde que esta ciudad es frecuentada en invierno por los millonarios norteamericanos. Los sentimientos de éstos hacia los negros son conocidos, y el director del establecimiento, sabiendo que basta la presencia de un hombre de color para hacer el vacío, invitó a los legisladores a retirarse. Pero los cubanos protestaron y se dirigieron a los tribunales. De ahí un proceso, que se tradujo en multa al establecimiento, y de ahí un recrudecimiento de hostilidad.

   Tal es la atmósfera en que debía celebrarse lo que un diario centroamericano llamó "un congreso de ratones, presidido por un gato".

   Los países que aceptaron la invitación se encontraron ante el programa siguiente: 1º., instalación e inauguración de la conferencia; 2º., conmemoración del centenario de la Revolución de Mayo y de la independencia de las Repúblicas hispanoamericanas; 3º., memorias de diversas delegaciones, en lo que toca a las resoluciones adoptadas por sus gobiernos respectivos sobre la tercer conferencia panamericana de Rio de Janeiro; informes de las Comisiones panamericanas de los diferentes países y estudio de un proyecto para prorrogar el mandato de esas Comisiones; 4º., informes del director de la Oficina de Repúblicas hispanoamericanas sobre la organización de esta institución y sobre las mejoras que es posible introducir en su funcionamiento; 5º., resolución agradeciendo a Mr. Andrew Carnegie el donativo que hizo a la oficina, donativo que permitiría construir un palacio; 6º., informe sobre los progresos alcanzados en la construcción del ferrocarril panamericano y sobre el concurso que las diferentes Repúblicas pueden prestar para facilitar la terminación de la línea intecontinental; 7º., bases para un servicio rápido de navegación entre las Repúblicas Americanas; 8º., medidas para unificar los documentos consulares, los censos y las estadísticas comerciales; 9º., creación de una Conferencia sanitaria internacional, reglamentación

de la inspección sanitaria y leyes para impedir la propagación de las enfermedades; 10º., estudio de una Convención entre las Repúblicas americanas en lo que toca a las patentes, las marcas de fábrica y la propiedad intelectual y literaria; 11º.- continuación de los Tratados relativos a las reclamaciones pecuniarias después de su expiración; 12º., plan para favorecer el intercambio de profesores y estudiantes de las Universidades y Academias de los diferentes países americanos; 13º., resolución en honor del Congreso científico Panamericano celebrado en Chile en 1908; 14º., autorización a la Oficina de Repúblicas Hispanoamericanas de Washington para determinar la forma en que la América Latina intervendrá en la inauguración del Canal de Panamá; 15º., futuras conferencias panamericanas .

   Acaso este programa contribuyó también a aumentar el desgano de algunas Repúblicas hispanoamericanas, poco dispuestas a reunirse para sancionar cosas ya decididas. Dejando de lado los números 1,2,3,13 y 15, que sólo se refieren a cortesías protocolares y a la organización interior de la Conferencia, se advertía que, sobre diez asuntos a tratar, tres solamente podían tener un interés general: los que llevan los números 7,8 y 9. Los demás sólo eran favorables para la política, el prestigio y la expansión imperialista.El 4 tendía a robustecer y perfeccionar el mecanismo sutil y flexible que le da un derecho superior sobre todo el continente; el 6 insistía sobre un proyecto que, en caso de realizarse, sería el más poderoso factor de inflitración y de conquista; el 10 sólo favorecía a los Estados Unidos, puesto que la América española, desde el punto de vista industrial, como desde el punto de vista intelectual, no es todavía país de exportación; el 12 preparaba de la difusión de las ideas anglosajonas en las comarcas de cultura latina, y el14 ponía en tela de juicio atribuciones que pertenecen exclusivamente a cada República. Se advertía la superioridad, dispuesta a sacar partido de todas las debilidades, de una gran nación en lucha con países inexpertos.

   Todo ello era resultado de una concepción errónea del presente y del porvenir. Los Congresos panamericanos reposan sobre una ficción,sobre un olvido de las realidades. Sabemos que hay dos Américas y que entre ellas sólo asoman las razones de acercamiento que pueda crear mañana la mutua comprensión. Origen, lengua, religión, todo es diferente. ¿Como discutir en común los intereses de dos razas, de dos civilizaciones? Obstinarse en afirmar que los Estados Unidos y el conjunto de las Repúblicas hispanoamericanas tienen idéntico destino porque los dos grupos se desarrollan en el mismo continente, equivaldría a creer- ya lo he dicho en otra oportunidad- que Francia y Alemania deben seguir una política fraternal, porque ambas son naciones europeas. En América no hay por hoy más que un acercamiento posible, y es el que  impone la Historia y el origen entre los pueblos que ocupan la parte sur del Nuevo Mundo.

   Pero el error de examinar en conjunto los intereses de dos grupos divergentes se unía otro más peligroso aún. Mientras los cien millones de anglosajones llevaban al Congreso  una delegación homogénea y unica, encargada de defender una política definida y delimitada de antemano, los 80 millones de hispanoamericanos debían estar representados por veinte delegaciones rivales, que perseguían fines contrarios, que no veían más que el interés inmediato de sus Repúblicas respectivas y que abandonaban a los Estados Unidos el papel prestigioso de director y árbitro supremo. La desproporción entre la fuerza, el espíritu de prosecución y la seguridad de programa de aquéllos y la blandura y la falta de ideal de éstos era tan visible, tan clara, que la simple enunciación de un Congreso dejaba adivinar los resultados. Lejos de concertarse para oponer una doctrina común, las Repúblicas latinoamericanas sólo parecían dispuestas a interesarse en debates que les permitieran sobreponerse las unas a las otras. Y ésa era la debilidad fundamental que aprovechaba el imperialismo.

   El deseo que tiene cada Estado hispanoamericano de ser considerado en sí mismo, aislado del conjunto, como si formara una entidad aparte, es, por lo menos, prematuro. Las Prusias minúsuculas que compran sus armamentos en el extranjero y los pequeños Eldorados que no saben manufacturar sus productos se creen al abrigo de todo peligro cuando tienen en jaque al vecino inmediato. Pero las más prósperas de esas Repúblicas, aun aquellas que parecen enormes al lado de las otras, no son todavía más que organismos incompletos, menos poblados que Rumania, con menos ferrocarriles que Australia y menos escuelas que el Canadá. Si salimos de la relatividad del continente se desvanece su grandeza. Una sola provincia rusa es más vasta que cualquiera de esas Repúblicas, con excepción del Brasil. Reuniendo la población de las veinte Repúblicas  hispanoamericanas, no reunimos ni la quinta parte de la que Inglaterra tiene en sus colonias. Y si las comparamos con los Estados Unidos, la debilidad es aún más visible. Tres países reunidos: Bolivia, Paraguay y Uruguay, suman, juntos, menos habitantes que la ciudad de Nueva York. El total de las exportaciones  de dos grandes entidades hispanoamericanas (Argentina y Chile) no llega a equilibrar en pesos oro lo que los Estados Unidos producen en algodón solamente. Uno solo de los 45 Estados norteamericanos (Pensilvania) tiene una población superior a la de república Argentina, y tres ciudades de los Estados Unidos (Nueva York, Chicago y Filadelfia) reunen más habitantes que nueve países hispanoamericanos: Costa Rica, Guatemala, Honduras, Nicaragua, San Salvador, Santo Domingo, Cuba, Uruguay y Paraguay en bloque.  En su desmigajamiento actual, nuestras repúblicas no pueden oponer ninguna resistencia a las naciones imperialistas. Sólo alcanzan una importancia  afectiva considerada en el conjunto de sus 20 millones de kilómetros cuadrados, habitados por 80 millones de hombres. 

   Los resultados de la dispersión los vemos, no sólo en los Congresos panamericanos, donde esos países se agitan sin doctrina, sino en el avance incesante de la frontera que separa al Nuevo Mundo anglosajón del Nuevo Mundo latino.

   En estas condiciones, los Congresos panamericanos sólo tienden a prolongar una ilusión peligrosa. La asamblea de Buenos Aires sólo hubiera podido alcanzar eficacia en caso de hallarse capacitada para examinar con franqueza los grandes problemas de América: el porvenir de las Antillas, la intervención extranjera en las guerras civiles o la situación de Nicaragua y Panamá, que son las llaves del comercio de la mitad de la tierra. Reducida a deliberar sobre el programa enunciado, sólo fue una continuación de la que se celebró en Río de Janeiro.

   Los Congresos hispanoamericanos podrían dar, en cambio, excelentes resultados. Si en vez de sacrificar su personalidad para ponerse a la zaga de un país extranjero  en asambleas confusas, que sólo tienden a favorecer el prestigio de un tutor y a aumentar sus peligrosas ambiciones, se congregasen las repúblicas de cultura latina dentro de su órbita étnica, dentro de su ambiente ideológico, para cultivar y robustecer su nacionalidad superior, surgiría en la política internacional un factor nuevo. Los países de origen hispano tienen, no solamente un pasado, una composición y un carácter que se confunden, sino inquietudes paralelas e intereses idénticos, que pueden ser examinados sin molestia para nadie en una atmósfera fraternal. El malestar que se nota en las asambleas actuales desaparecería una vez eliminado el componente extranjero, que no puede fundirse con los demás elementos y entorpece el estudio de problemas que, más tarde o más temprano tendremos que resolver colectivamente.

   En el Congreso de Buenos Aires fueron dejadas de lado voluntariamente todas las cuestiones que tocan a los desarrollos vitales de América; pero se produjeron dos hechos nuevos que subrayan el antagonismo inevitable. Los Estados Unidos, fieles a us programa, se apoderaron definitivamente de la concesión para el ferrocarril continental, y por la primera vez en esa clase de asambleas, se levantó una voz para denunciar la táctica de la política imperialista.

   Lo que primero salía a los ojos al examinar las luchas y las sutiles intrigas que agrietaron a las diversas delegaciones durante seis semanas de duplicidad y de fiebre, es la habilidad de que dieron prueba los representantes de los Estados Unidos. De acuerdo con las instrucciones  que recibieron de mr. Knox -instrucciones que fueron publicadas debido a una indiscreción, por La Prensa de Buenos Aires- debían evitar toda dominación ostensible. En cambio, en los trabajos de las Comisiones, en los entretelones, debían dirigirlo todo, tratando de que esa dirección permaneciera invisible. Claro está que la aparente humildad no los llevó hasta el sacrificio de la preeminencia acostumbrada. Como el pabellón de cada país debía flotar un día sobre el local donde se celebraba el Congreso, escalonando a las naciones por orden alfabético, los Estados Unidos se transformaron en "América del Norte", con el único fin de inaugurar la serie. Pero fuera de esas habilidades, que tienen el sabor de una vanidosa travesura infantil, la delegación norteamericana fue, desde el punto de vista de los intereses que defendía, superiormente diplomática. Los señores White, Nixon, Moore y Croweder se limitaron a obtener ventajas tangibles.

   La táctica consistió en admitir como posible para todos los países representados, lo que sólo los Estados Unidos están en situación de realizar.  Fue así como el artículo 2º de la orden del día referente a las comunicaciones (-------ilegible---------) aconsejó a las repúblicas americanas la conveniencia de "celebrar entre ellas recíprocas convenciones, con el fin de establecer servicios directos, de acuerdo con las necesidades de su comercio."

   Claro está que, como ninguna de las repúblicas de origen español se halla  hoy preparada para intentar esas empresas, la resolución  de orden general no era, en realidad, más que una concesión. Sobre todo, si se tienen en cuenta los artículos complementarios: "3º Recomendar en todos los casos en que una o varias naciones representadas en esta Conferencia establezcan por iniciativa nacional una o varias líneas de vapores con una o varias de las naciones adherentes, y que los barcos destinados a ese servicio disfruten en los puertos  que recorran de todos los privilegios concedidos a los barcos que lleven la bandera de los puertos donde hagan escala. 4º Recomendar que no se haga ninguna concesión de ferrocarril, sea ella particular o garantizada por el gobierno, que pueda autorizar a establecer en favor de barcos que  entren o salgan de los puertos de un Estado, privilegios o tarifas especiales que no sean aplicadas igualmente a los barcos empleados en el comercio directo con los Estados representados en este Congreso."

   El tejido casi invisible de restricciones y de compromisos que formaba el fondo de la mayor parte de las resoluciones oscuras y complicadas, no se aplicaba naturalmente a la nación imperialista que ha salvado hace tiempo las etapas por las cuales atraviesa ahora la América española. Se emplearon todos los medios para encadenar el porvenir y poder dictar mañana la ley a los vecinos débiles; y bajo el manto de una igualdad convencional, sólo apareció, en realidad, el esfuerzo previsor del imperio que persigue la dominación continental.

  El entusiasmo con que los Estados Unidos se empeñan en obtener la realización del ferrocarril panamericano es una prueba  de ello. Se trata como todos saben, de una empresa puramente política. No hay ninguna razón de orden comercial que exija la construcción de las 5 mil millas de vía férrea que faltan para enlazar las ya construidas y

completar las que separan a Washington de Buenos Aires. Todos comprenden que los beneficios estarían lejos de equilibrar los sacrificios pecuniarios que la empresa exige. El proyecto sólo tiende a poner en contacto a los grandes centros manufactureros del norte con el extremo del continente y a favorece la irradiación de su influencia, aplicando a la América del Sur, con las modificaciones que exige el medio, los sistemas de inflitración que las grandes naciones de Europa han empleado siempre en los países lejanos. En este orden de ideas, sus delegados hicieron votar en el Congreso una cláusula según la cual "la preferencia para la construcción será concedida a los capitales y a la industria norteamericana", confirmando de esta suerte las palabras del señor Taft cuando era ministro del señor Roosevelt, en su discurso del 22 de febrero de 1906: "Las fronteras de los Estados Unidos terminan virtualmente en Tierra del Fuergo".

   A esta diplomacia conquistadora, las delegaciones hispanoamericanas sólo supieron oponer pesadas declamaciones y querellas inútiles. La inferioridad de los representantes hispanoamericanos, desde el punto de vista de la orientación, fue tan evidente, que vale más no insistir en ello. No es posible decir que la América española salió disminuida de la prueba; pero es indiscutible que, a causa de la incapacidad de nuestra diplomacia, perdió un terreno que será imposible reconquistar.

   Las declaraciones que algunos de nuestros delegados hicieron a la revista Caras y Caretas de Buenos Aires, exteriorizan un extraño estado de espíritu. Junto a la hábil sobriedad del presidente de la delegación norteamericana señor White, quien dijo: "Cualquiera que sea el resultado de la cuarta conferencia internacional de los Estados americanos , no hay duda de que todos los delegados llevarán un recuerdo agradable de la acogida y la hospitalidad de los que habitan esta hermosa ciudad americana" (evita pronunciar el nombre del país, para hablar de los Estados del continente, como si todos formaran o debiean formar parte un día de la gran Confederación), no encontramos más que palabras ingenuas o imprudentes.

 

   "Las Conferencias panamericanas están llamadas a prestar mavarillosos servicios a la causa de la cordialidad de relaciones entre los pueblos del continente; acercar a los hombres notables de los diversos países es hacer una política internacional de resultados positivos; de esos acercamientos han salido siempre cosas útiles para la humanidad, que aspira  a una coordinación perfecta", dice el señor Chuchaga Tocornal, delegado de Chile.

 

   "El resultado de las Conferencias panamericanas será una mayor inteligencia y una unión más firme entre nuestras repúblicas, una idea más clara y más perfecta de la responsabilidad internacional y, sin duda alguna, una sanción más eficáz en la falta de fidelidad a los deberes internacionales ; quién sabe si después de todo, ellas no nos llevan a una gran confederación americana", pronosticó audazmente el señor Porras, delegado de Panamá, que parece no temer la absorción de su minúsculo país por los dueños del canal.

 

   "La Conferencia panamericana confirma las tendencias a una aproximación cada vez más grande de todos los pueblos civilizados, en vista de los deseos superiores de la humanidad, cada vez más poderosos en nuestros tiempos", afrimó el delegado cubano Gonzalo de Quesada, como en un discurso de juegos florales.

 

   Y el delegado de México, señor Salado Alvarez, dijo: "Nuestra América parece un bosque gigantesco, donde los árboles frondosos absorven la salvia misteriosa y el agua milenaria depositada en las capas del subsuelo, al mismo tiempo que ofrecen en sus cimas elegantes un nido colosal a los pájaros del cielo, lo mismo a los condores que parecen trozos de aerolitos desprendidos de un mundo muerto, que a las humildes golondrinas, que, al volar, toman la forma de una hoja opaca y aguda de puñal lanzado por una mano hábil".

 

   Se comprende la facilidad con que maniobraron los Estados Unidos en medio de estos oradores grandilocuentes. La Oficina de Repúblicas Hispanoamericanas, que es en Washington el mecanismo principal de la política imperialista, centuplicó su influencia. La falta de previsión que dio lugar a la entrega en el porvenir de las comunicaciones marítimas y del ferrocarril panamericano, se agravó con los artículos complementarios que se refieren a la sanidad, las patentes de invención y todo lo que puede contribuir a aumentar el poder y la influencia del gran país que avanza sin cesar hacia el sur, aprovechando las inexperiencias, las ambiciones  y las pequeñas rivalidades de frontera.

 

   Los líricos delegados hispanoamericanos resultaron, en suma, en su conjunto, el mejor argumento en favor del imperialismo. Si fuera necesario medir la vitalidad y las aptitudes de cada República por la representación que tuvo en el Congreso, habría que admitir que todas están a dos pasos de su pérdida. El miedo de hablar, de obrar, hasta de pensar, inmovilizó los labios y los cerebros de los que por representar a países relativamente importantes estaban obligados a hacer gala de mayor firmeza. Pero ¿cómo arriesgar una palabra en las condiciones que conocemos? El error fundamental de la diplomacia hispanoamericana les condenaba al silencio. La Argentina, el Brasil y Chile mentenían una sorda rivalidad. Los tres países se acusaban recíprocamente de aspirar de una manera más o menos clara a ejercer la hegemonía local. Los Estados Unidos eran para ellos el magnate cuyo favor puede inclinar la balanza. Una nube de diminutos diplomáticos argüía: "Hay que dejarlos hacer ahora, para que, llegado el caso, no obstaculicen mañana nuestra acción."Política de objetivos limitados, desprovista de amplia visión, que da a nuestras Repúblicas el aspecto de una confución de carros sin ruedas, a los cuales hubieran atado briosos caballos guiados por ciegos.

 

   Pero un territorio de veinte millones de kilómetros cuadrados, habitado por ochenta millones de hombres, no llega nunca a perder completamente la noción de sus verdaderos intereses. Pueden algunos hombres complacerse en el error. Pero el buen sentido general llega siempre a abrirse paso y a encontrar una expresión. Fué así como las tendencias de resistencia y de emancipación que venimos defendiendo en contacto con la juventud de América, encontraron eco entre algunos diplomáticos, rompiendo en cierto modo la uniformidad indisciplinada del Congreso.

   Nada más sintomático que esas voces inseparadas y valientes. Los tres hombres que de una manera más o menos directa marcaron por la primera vez en una asamblea de ese género su oposición a la política imperialista, fueron consecuentes con el pasado de la América Latina.

   Primero, el presidente de la delegación del Uruguay, señor Gonzalo Ramírez, que al tratar de las reclamaciones pecuniarias, recordando el caso Alisop, encontró manera de conciliar un instante las voluntades dipersas de los delegados hispanoamericanos, para hacer fracasar la tesis anglosajona. Fué, después, el delegado de Venezuela, Sr. César Zumeta, quien propuso que el presidente de la Oficina de Repúblicas Hispanoamericanas, no fuese siempre el secretario de los Estados Unidos. Según él, el dictador de esta institución debía ser elegido cada tres meses entre todos los delegados. Claro está que la moción fué rechazada. Dada la atmósfera reinante, sólo aspiraba a ser, por otra parte, una manifestación platónica. Pero exponer esa tesis equivalía a colocar a todos los países sobre un pie de igualdad, marcando un vigoroso empuje hacia la autonomía moral.

   Ese sentimiento, desarrollado en toda su amplitud, fue el que inspiró al Sr. Américo Lugo, delegado de Santo Domingo, su memorable discurso. Con el pretexto de definir el sentido de una fórmula protocolar, ensanchó el debate. "El bien general de nuestro continente -dijo- exigiría una declaración de respeto absoluto a la independencia de cada una de las naciones de América. Ese respeto implicaría la sumisión obligatoria e inmediata de todas las cuestiones de límites al principio superior del arbitraje; la consagración del principio de no intervención en los asuntos interiores de ningún Estado americano, lo mismo de parte de los Estados europeos que de los estados americanos, y la expresión de un voto perpetuo para que una pacífica evolución política reintegre un día dentro de su raza y su natural destino a los países que han sido anexados por el pretendido derecho de guerra". El Sr. Lugo estableció en seguida que en América no hay divisiones de nacionalidad, sino demarcaciones de raza. "El deseo de bienestar general nos conduciría a la cultura de los elementos étnicos originales que constituyen la personalidad de cada una de las naciones americanas, y para ello bastaría con dejarse guiar por la Naturaleza y por la Historia, que han dividido el Nuevo Mundo en dos partes". Y el delegado de las Antillas terminó enérgicamente: "Sin esta interpretación ideal, el programa de la IV Conferencia Panamericana será ciertamente estimable, pero no responderá al pensamiento ni a las inspiraciones actuales del continente. Es necesario tener el valor de decirlo, porque América está sedienta de verdad; las naciones constituídas, prósperas y ricas, buscan mercado; las que todavía son débiles y pobres, buscan paz, estabilidad y libertad. Yo creo más en la virtud que en la riqueza. El ideal es tan necesario como el pan. Pensar otra cosa y esconderla, es deshonrar a la diplomacia. La sinceridad es el pudor de las naciones".

 

   Para tener una idea de los comentarios que provocó este requisito, basta recordar lo que La Nación , de Buenos Aires, dijo al día siguiente: "Es quizá la primera palabra de interés general que resonó en la sala. Alguien que simpatiza con el pensamiento del Sr. Lugo recordó, oponiendo a una crítica protocolar un ejemplo clásico, que el delegado que hablaba en nombre de un pueblo modesto y pobre, y que rompía con el tono convencional de las sesiones, podía parecer tan inoportuno y al mismo tiempo tan elocuente como lo fue en 1857, en el Congreso de París, el humilde delegado del Reino de Cerdeña llamado Cavour, que planteó el primer jalón de la obra política más brillante de los tiempos modernos. Las Antillas dieron ayer la nota sensacional. El señor Lugo habló con franqueza. En un artículo de periódico, sus frases hubieran parecido casi circunspectas. En la tribuna continental fueron asperas y disonantes. Dijo cosas que, como todas las que se dicen con resolución, parecieron verdades. Puso de relieve la falta de ideal, del objetivo común, de plan y de programa en la Conferencia. Y como asumió la defensa de los débiles, levantó todos los corazones. Dio lugar a una gran expectativa y determinó cierta inquietud. Los que estaban allí para defender sus intereses y no para hacer imprudencias, se preguntaron hasta dónde podían llegar las cosas ante una actitud semejante."

 

     Eco de concepciones diplomáticas temerosas, el Congreso Panamericano de Buenos Aires significó, en conjunto, a pesar de algunas gallardías, una aplastante victoria de los Estados Unidos y un nuevo revés de la diplomacia hispanoamericana, si es que es posible llamar diplomacia hispanoamericana a las ambiciones regionales servidas por hombres poco preparados para abarcar amplios horizontes.  Pero tuvo, por lo menos, la utilidad de subrayar oficialmente, aquí con las palabras, allá con los silencios, un antagonismo de ideales entre las dos Américas.

 

                 * Fragmento tomado de La Patria Grande. 

 

 

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