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Periódico "El Día", Miércoles 27 de Octubre de 1976.-

De la "Pax Petrolera" a la crisis fiscal en Ecuador

III

Por Jorge NUÑEZ

    Hace pocos días, la prensa ecuatoriana anunció la decisión gubernamental de construir una autopista Quito-Guayaquil, a un costo aproximado de mil millones de dólares. El anuncio, que coincide con el inicio de las negociaciones para la nacionalización parcial del petróleo, no deja de ser sorprendente. Primero porque se trata de uno de los ya desechados "proyectos faraónicos" del anterior gobierno. Y luego porque la construcción de tal autopista sería un atentado contra la sensatez, en un país urgido a enfrentar el subdesarrollo y las múltiples carencias nacionales.

En el fondo, el anuncio replantea un problema mayor; ¿cuál es el modelo de desarrollo que ha escogido Ecuador para utilizar sus ingresos petroleros?

Ecuador inició sus exportaciones petroleras en 1972, año en que sus ventas de crudo alcanzaron un valor de 59 millones de dólares. Ese monto fue rápidamente superado en los años siguientes, hasta alcanzar los 615 millones de dólares en 1974.

Para un país predominantemente agropecuario como Ecuador, el "boom" del petróleo significó un violento incremento de sus exportaciones, desde 199 millones de dólares en 1971 hasta mil 50 millones en 1974. El banano, hasta entonces el mayor producto de exportación, pasó a segundo plano y el petróleo se convirtió en el rubro más importante (58.5 por ciento en 1974 y 57.4 por ciento en 1975).

Cosa parecida ocurrió en la economía fiscal, a la cual el petróleo llegó a aportar con el 66 por ciento en 1974.

Los ingresos petroleros se convirtieron para el país en una suerte de "lotería histórica" y generaron una fiebre de ilusiones sociales desorbitadas. Un pueblo sometido durante siglos al peso de la explotación y la miseria, creyó hallar en el petróleo oriental la panacea de todos sus males. A su vez, los sectores oficiales creyeron llegada una bonanza irreversible y pusieron en práctica una dispendiosa política fiscal. En el colmo de la "fiebre petrolera", ciertos sectores de la tecnocracia plantearon la construcción de una metro para Quito y la costosa autopista Quito-Guayaquil que hemos comentado al inicio de esta nota.

Políticamente la nueva coyuntura económica fortaleció al Estado y amplió el margen del juego gubernamental. El régimen militar se había iniciado con un ambicioso proyecto de reformas estructurales, que tendían a la modernización del país y a la liquidación de las arcaicas estructuras sociales. Se incluía entre ellas la Reforma Agraria, cuya ejecución permitiría ampliar el mercado interno y facilitar el desarrollo industrial del país.

La aplicación de la "Ley de Abolición del Trabajo Precario", dictada por Velazco Ibarra, y la expedición de la nueva Ley de Reforma Agraria, dieron la impresión de que el gobierno no sólo intentaba un desarrollo económico sino también social. Pero la resistencia de los sectores terratenientes no se hizo esperar: paralizaron la producción agropecuaria y se negaron a cancelar créditos pendientes a la banca oficial.

Atrapados entre sus proyectos renovadores, las exigencias populares y la resistencia oligárquica, el gobierno militar acabó por mediatizar sus planes y buscar una salida desarrollista.

Ante todo, desapareció del lenguaje oficial la fraseología revolucionaria de los primeros tiempos, fue sustituida por conciliadoras consignas de "estímulo a la producción" y "garantía a las inversiones". A continuación, aprovechando los millonarios ingresos petroleros, el gobierno buscó la amortiguación de los conflictos sociales mediante una generosa política paternalista. Créditos blandos a la oligarquía, elevación de sueldos a los trabajadores, préstamos a las cooperativas campesinas, subsidios a los productos de consumo básico, incremento de presupuesto a las universidades, etcétera, configuraron un curioso modelo de "pax petrolera".

Pero era una paz endeble, cuya supervivencia estaba limitada a una coyuntural bonanza fiscal. Esa bonanza dependía de las exportaciones petroleras, y éstas, a su vez, de las empresas norteamericanas. Así, la "pax petrolera" ecuatoriana dependía de dos empresas norteamericanas.

Esas dos empresas -Texaco y Gulf- no tenían ningún interés en una paz que no fuera la suya, vale decir la del Imperio. Y como el régimen militar había avanzado una política nacionalista que las afectaba, resolvieron dar fin a la paz interna mediante el sabotaje a las exportaciones. Los resultados no se hicieron esperar: las ventas de petróleo disminuyeron, se redujeron los ingresos estatales y el gobierno se quedó corto en la satisfacción de las exigencias sociales.

Coadyuvó a la crisis el desbocado crecimiento de las importaciones. La bien pagada clase media se lanzó a una desenfrenada carrera consumista y las importaciones suntuarias llenaron las bodegas de los puertos y los bolsillos de los comerciantes. En tres años -1972 a 1974- las importaciones pasaron de 200 a 800 millones de dólares. Y para mayo de 1975 el déficit de la balanza comercial superaba los 2 mil 200millones de sucres.

Es verdad que muchas de esas importaciones -materias primas, maquinarias, equipos- eran indispensables para el país, pero también es cierto que el auspiciado desarrollo industrial se orientaba, sobre todo, a satisfacer sectores de altos ingresos. Y que la mayor parte de los créditos oficiales a la oligarquía terrateniente no se dedicaban a la producción agrícola sino que se fugaban hacia la industria de la construcción, aumentando el proceso inflacionario.

El 22 de agosto de 1975, el gobierno expidió el decreto 738, que frenaba las importaciones suntuarias e intentaba reducir el déficit de la balanza comercial. El gran comercio reaccionó indignado. Y pocos días después el alzamiento derechista del general González Alvear tomaba como una de sus banderas la oposición al mencionado decreto. De ese modo, la guerra civil enterraba a la ilusoria "pax petrolera".

En la actualidad, nueve meses después del relevo de Rodríguez Lara, la situación no ha variado sustancialmente. La "política de austeridad" ejercitada por el nuevo gobierno militar ha permitido una parcial recuperación de la balanza de pagos y la reserva monetaria. Pero continúa la crisis presupuestaria y el Ecuador acusa la más alta tasa de inflación de América Latina.

No es mejor la situación de la producción agropecuaria. Hoy, como nunca, el Ecuador depende de importaciones alimenticias de procedencia norteamericana, especialmente trigo, leche y grasas vegetales. Paralelamente, las altas cosechas de arroz y maíz logradas por las cooperativas de la Costa demuestran los positivos efectos de la Reforma Agraria en la única zona en que ésta fue aplicada.

En las circunstancias expuestas, la decisión de construir la millonaria autopista Quito-Guayaquil parece una reinfección de "fiebre petrolera". Y un anticipado derroche de los nuevos ingresos que traerá la nacionalización del petróleo.

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