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Periódico "El Día", Domingo 18 de Mayo de 1975.-

Para salvar a La Parroquia

por Abel Quezada

 

   En 1810, año de la Independencia, se fundó en Veracruz, precisamente en lo que hoy es la calle de Independencia esquina con Zamora, un café. Se llamaba "El León Dorado" y su propietario era un señor Capdeville de origen catalán. Sufrió las peripecias de la guerra y cerró varias veces, pero en 1830, ya siendo México una República, volvió a abrir con el nombre de "La Parroquia" y así ha seguido hasta hoy.

 

Hoy "La Parroquia" está a punto de desaparecer

 

   "La Parroquia" fue, más que un café, una marca en la historia de México. Puede decirse que todos los gobernantes de este país, incluyendo a Maximiliano, estuvieron alguna vez frente a sus mesas de mármol blanco, tomando café, conchas con mantequilla, plátanos fritos y tostadas veracruzanas. Ahí estuvieron Douglas MacArthur y Joshepus Daniels cuando la invasión norteamericana.

   Ahí tomó café -y lo recordó después Harry S. Truman, siendo vicepresidente de Estados Unidos; así estuvo don Porfidio acompañado del gobernador Teodoro Dehesa y ahí llegó Victoriano Huerta después de haber escoltado al propio don Porfidio hasta la escalerilla del "Ipiranga".

   A "La Parroquia" llegó Bernard Shaw y preguntó si México era una barra o una estrella de la bandera norteamericana y una vez, durante una huelga de la Ward Line quedó varado en Veracruz el novelista Somerset Maugham.En una mesa de "La Parroquia" se inspiró para describir "El Violinista" de su novela "El Collar de Perlas". El personaje era un ruso que vestía harapos y andaba descalzo. Tocaba el violín por una limosna en el portal...Ahí escribió Hermann Hesse.

   A "La Parroquia" llegaba don Venustriano Carranza acompañado de Luis Cabrera. En alguna de sus mesas había estado, con sus amigos, Salvador Díaz mirón. Después, don Adolfo Ruiz Cortines iría por ahí para un partido de dominó con Pepe Rodríguez Clavería.

   Cuando los toreros iban y venían a España en barco, La Parroquia era su estación en Veracruz. Ahí llegó Mazantini, ahí estuvo Ponciano; ahí llefaron Silveti, Juan Belmonte, Machaquito, Rodolfo Gaona, Garza y el Soldado.

   Para muchos veracruzanos y para muchos españoles, La parroquia ha sido dirección postal de toda una vida. Cuando han perdido contacto con la familia, les escriben ahí, -y las cartas llegan.

   Por ahí llegaba, cuando estaba en la cumbre del poder, el inolvidable Epigmenio Guzmán. Por ahí van Serafín Iglesias, Víctor Parlato, José Ch. Ramírez- y todavía asustan a la clientela con sus sombrerazos.

   Por todo esto, La Parroquia debería ser monumento nacional y estar en manos de Turismo, o de Patrimonio, pero resulta que no es así. Las dueñas del edificio son la señora Josefa Fernández viuda Fernández y su hija María Teresa Fernández de Toca. El contrato de arrendamiento con la empresa que maneja el café, se ha vencido y ellas se niegan a renovarlo; tal vez quieren poner ahí un Sanborns, o una boutique, o un "self-service". Tal vez quieren derrumbarlo y hacer  -¡horror!- un estacionamiento.

   Si ocurriera esto, Veracruz perdería una de las partes más bellas de su grata personalidad y el país perdería uno de los lugares históricos más populares y de más antiguua tradición con que aún cuenta.

   Todos lo que alguna vez han tomado café en La Parroquia, deben impedirlo. La tradición tiene que seguir. Que no desaparezca el eco de la voz de Salvador Díaz Mirón. Que no se borre la sombra de don Adolfo. Que no se apague el reido de las botas militares del tiempo de la Revolución. Que no muera el murmullo de los que todas las tardes componen, a su gusto, el mundo.

 

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