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Diario "La Opinión" , Martes 3 de Diciembre de 1974.-

 

Obligará a revisar la diplomacia argentina

La Busqueda de petróleo en las Malvinas modifica el carácter de su reclamación

Escribe Mariano Grondona

 

   Dentro de pocas semanas el profesor Donald H. Griffiths, geofísico de la Universidad de Birmingham presentará al gobierno inglés sus conclusiones sobre las posibilidades petrolíferas de las costas malvinenses. El profesor Griffths presidió una expedición reciente a las islas con ese propósito. Mientras se espera el informe, las perspectivas son suficientemente interesantes como para que capitales canadienses y norteamericanos se hayan movilizado para obtener permisos de exploración. Estas noticias afectan no sólo las negociaciones con Gran Bretaña para la devolución de dichas islas sino también las premisas metodológicas de nuestra política exterior.

   Hasta ésta búsqueda de petróleo en las Malvinas, la disputa sobre su pertenencia a una u otra soberanía tenía caracter simbólico. La Argentina reclamaba un pedazo de su territorio aún sabiendo que serían probablemente negativos los réditos económicos que le produciría. Gran Bretaña tenía la intención final de cederlo a la nación reclamante pero quería contemplar los puntos de vista de los dos a 3 mil isleños de origen británico que viven o pasan por él. Pero ahora los intereses hacen su aparición. Las perspectivas de petróleo en las costas malvinenses alteran por completo el entredicho porque tanto para los ingleses como para los argentinos la significación del combustible es decisiva. Las Malvinas corren el riesgo de dejar de ser una suerte de olvidado paraíso austral en legítima evolución hacia la soberanía argentina en medio de la indiferencia inglesa para convertirse en una área de duros conflictos. Los símbolos pueden esperar. Los intereses, no. Si  permite que Gran Bretaña inicie la explotación en las costas malvinenses, la Argentina se condenará a abandonar riquezas que, hallándose en el fondo del mar, pueden ser extraídas desde cualquiera de sus extremos. El depósito de petróleo que descansa sobre el mar continental es uno solo: la geología no sabe de fronteras. Nos hallamos ante la posibilidad de que Gran Bretaña no se limite a postergar una legítima reclamación sino, que, además, avance hasta despojarnos de un recurso natural no renovable. Esta posibilidad invierte la dimensión del tiempo. Mientras fueron un símbolo, las Malvinas podían esperar. El tiempo -que nunca es neutral- se inclinaba en cierto modo a favor nuestro porque se suponía que, con paciencia y buena voluntad. el gobierno argentino terminaría por demostrar a los isleños que su mejor interés era ligarse a una nación joven, pujante y cercana en vez de seguir atados a un imperio remoto y declinante. Pero el tiempo nos da ahora las espaldas. Si seguimos esperando, el petróleo será extraído. Si seguimos esperando, las Malvinas regresarán a nosotros, eventualmente, como una cáscara vacía.

   La cuestión de fondo, por supuesto, no ha variado. Las Malvinas no son un territorio -carecen de toda viabilidad geopolítica para serlo- sino un trozo de territorio. Un muñón de esa Gran Argentina que tanto sucesos mutilaron. Tampoco sus habitantes son un pueblo, un conjunto soberano de ciudadanos, sino un "pueblito" en ese otro sentido que tiene entre nosotros la palabra "pueblo". Es lógico darle a un pueblo, en el sentido amplio, derecho de autodeterminación. No lo es otorgárselo a un "pueblo" en el sentido de aldea o villorrio. Esta pretensión no alcanza ninguna seriedad. El título inglés en fin, se basa en la fuerza. Por la fuerza se conquistaron y retuvieron las Malvinas. La Argentina no reconoce el derecho de la fuerza aunque a veces haya tenido que ejercer la fuerza en defensa del derecho. No puede renunciar, por supuesto, a esta última posibilidad.

   En el plano de los principios, el problema sigue idéntico a sí mismo. No debe asombrarnos, por ello, que mientras la Argentina aceptó jueces y árbitros, o transacciones, en casos como el canal de Beagle y el Rio de la Plata, no ceda un ápice sus posiciones en el caso malvinense. Es natural. Los límites con Chile y Uruguay eran, en definitiva, una herencia indivisa. Los hermanos discutían los alcances de una misma heredad. La presencia extracontiental en el Atlántico Sud, en cambio, nunca fue aceptada ni aceptable. Y si algo la argentina negoció no fue el contenido del litigio sino el método para resolverlo según sus principios indudables. En otras cuestiones limítrofes la Argentina transigió sobre sus derechos. En la cuestión de las Malvinas, sólo transigió el cuanto al modo y al tiempo de hacerlos valer.

   Son los métodos de esta diplomacia, entonces, los que están en juego a propósito de la búsqueda del petróleo. La Argentina recorrió un largo camino y pagó altos precios para lograr, en las Naciones Unidas y en otros foros, un consenso internacional favorable a su reclamo de soberanía. Gracias a ese consenso, pudo llevar a Gran Bretaña a la mesa de negociaciones e iniciar un proceso de lenta aproximación a las islas que desembocaría eventualmente en la restitución de soberanía sin oposición de la población local. A cambio de este logro, dimos y ofrecimos nuestros votos a naciones que incluían su apoyo a la nacionalización de las Malvinas en nuestro "debe" diplomático.Sólo un grueso tratado podría inventariar la cantidad de concesiones de todo tipo que la Argentina otorgó a lo largo de los años y a través de todos sus gobiernos a cambio de un clima internacional favorable a su política malvinense. ¿Donde queda ahora toda esta inversión? ¿A donde conduce tan alto sacrificio? ¿A contemplar impotentes cómo barcos canadienses o norteamericanos, plataformas marítimas de cualquier origen, se llevan nuestras riquezas? Las Malvinas no son sólo ellas. También son esa otra parte del ancho mar que integra la plataforma continental más grande del mundo. Una plataforma que también corremos el riesgo de perder.

   La crisis del petróleo, al declarar el estado de emergencia en el sistema internacional, ha hecho renacer en las naciones ese egoísmo trascendental sin el cual ellas,  en el límite no existirían. Con la crisis del petróleo, este es el mundo de "sálvese quien pueda" . Y a costa de quien sea. ¿Estamos nosotros entre aquellos a costa de quienes otros se salvarán? ¿Seguimos pensando que la Argentina es tan grande que queda exenta de la ley del egoísmo universal en situaciones de crisis? ¿O empezaremos a defender activamente nuestros intereses?

   La diplomacia de los foros y las declaraciones dio lo suyo. Pero está agotada. La diplomacia de la acción que debe sustituirla hará pensar a algunos en Goa, en Suez. Otros, más moderados, imaginarán conjunciones de países que, aún afectados por residuos coloniales como Belice, Gibraltar o Hong Kong, podrían aunar sus fuerzas para borrar de una vez las profanaciones del pasado. Los países de la OPEP demostraron que la unión política cambia los términos del intercambio económico. ¿Por qué no habrá de cambiar también el paisaje de la usurpación territorial?

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* La "Justa aspiración" de Argentina a la reintegración de las Islas Malvinas a su territorio fue respaldada ayer por Uruguay en la Asamblea General de las Naciones Unidas. Adhiriendo a la tesis tradicional de Buenos Aires el delegado uruguayo José Luis Bruno reafirmó la validez del "principio de la defensa de la integridad territorial".

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