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Periódico "El Día", 4 de Octubre de 1977.- NUESTRA AMERICA por Daniel WAKSMAN SCHINCA BEAGLE: Un asunto que dista de estar terminado
"Lo que quedó resuelto con el arbitraje del canal de Beagle es una cosa absolutamente decidida, tal como dice el compromiso arbitral que firmamos y tal como lo dice el fallo, que es un fallo inapelable", manifestó el pasado viernes 23 de septiembre el canciller chileno, vicealmirante Patricio Carvajal. A su juicio "no hay más nada que hablar", dado que "para nosotros, es un asunto totalmente terminado". Ya sería hora, en efecto, de que este contencioso argentino-chileno, inciado hace casi 100 años, se resolviera de una vez por todas. Pero el laudo arbitral emitido hace 5 meses no sólo no clausuró la querella sino que en realidad la reavivó, abriendo una nueva fase cargada de tensiones. Por eso, a pesar de las declaraciones de Carvajal, el asunto dista de estar "totalmente terminado". En rigor, casi puede decirse que apenas está empezando. Ya a fines de enero de este año, al comentar en esta columna las implicaciones de la gira que estaba realizando el general Pinochet por el territorio antártico que reclaman tanto su país como Argentina, señalamos la suba de la temperatura política que se estaba registrando en esas gélidas regiones australes, y advertimos cómo la pugna de intereses argentinos y chilenos en la zona se agudizaba ante la inminencia del fallo arbitral sobre el Beagle. El gobierno de Buenos Aires, anticipamos entonces, no estaría dispuesto a aceptar un laudo que le fuese desfavorable. "Esto crearía evidentemente -anotamos- una situación muy crítica". La crisis estalló, en efecto, tres meses después, a fines de abril, cuando el tribunal internacional (presidido por un jurista inglés e integrado por un francés, un norteamericano, un nigeniaro y un sueco) elevó a la Reina Isabel, para su aprobación, un laudo sobre el Beagle que consagraba casi en un ciento por ciento las tesis chilenas. Pocas horas después de darse a conocer el fallo, el gobierno argentino -que disponía de un plazo de 9 meses para ejecutarlo- hizo saber que la Cancillería se abocaría de inmediato al estudio de la cuestión, pero adelantando que mantiene el principio de que "ningún compromiso obliga a cumplir aquellos que afecte intereses vitales de la nación o que perjudique derechos de soberanía que no hayan sido expresamente sometidos a la decisión de un árbitro por ambas partes". Una manera diplomática, en suma, de advertir que Buenos Aires no acataría el fallo. * * * En dos extensos comentarios, uno de los cuales incluía un mapa de la región, resumimos pocos días después (el 10 y el 13 de mayo) los datos básicos del problema, exponiendo de manera sintética los argumentos jurídicos y políticos de las partes y señalando las consecuencias de la eventual aplicación de la sentencia. Subrayamos entonces que el nudo del conflicto no radicaba tanto en el problema de la soberanía sobre las tres pequeñas islas (Nueva, Picton y Lennox) que se disputan Buenos Aires y Santiago, sino más bien en las consecuencias que tendría la proyección marítima de esa soberanía por parte de Chile. Hasta ahora, en efecto, las tres islas han estado de hecho en posesión de los chilenos. Pero si pasasen a estarlo en virtud de una sentencia internacional aceptada por Argentina, la extensión de la soberanía chilena a partir de las islas alteraría todo el (ya inestable) equilibrio geopolítico del vértice austral del continente. La consagración de la tesis chilena tendría efectos, ante todo, sobre la proyección antártica de las reivindicaciones mantenidas por el gobierno de Santiago, agravando así la discusión argentino-chilena en materia de soberanía sobre el "continente blanco". Pero además, la extensión de la soberanía marítima chilena a partir de las tres islas haría avanzar considerablemente a ese país hacia el este, hacia aguas ya atlanticas. Y eso quiebra todos los acuerdos establecidos a fines del siglo pasado entre Argentina y Chile, según los cuales la primera es un país atlántico y el segundo un país pacífico, no pudiendo ninguno de ellos reclamar derechos sobre el litoral oceánico del otro. Se trata, pues, de soberanías absolutas y excluyentes. Sin embargo, el veredcito de Londres, aunque fornalmente sólo se pronuncia sobre el problema concreto de las islas, crea inevitablemente un conflicto de magnitud incomparablemente más vasta, al generar derechos chilenos sobre el Atlántico. Ahí radica, como se ve, el fundamente de la negativa argentina a acatar el fallo. * * * En nuestra nota del 13 de mayo, indicamos que "en la actual etapa de las relaciones argentino-chilenas (mucho menos armonioso que lo que suponen quienes imaginan a las dictaduras del Cono Sur como un bloque monolítico), no es impensable que la tensión se eleve hasta alcanzar niveles peligrosos". Los hechos registrados en los últimos días parecen confirmar aquel pronóstico. En efecto, aunque ambas partes han estado esforzándose por buscar alguna fórmula de arreglo, y a tal efecto se realizaron en julio pasado, en Buenos Aires rondas de "conversaciones" cuya segunda etapa deberaía tener lugar este mes en Santiago, el transcurso del tiempo ha dado lugar a una serie de incidentes que complican cada vez más la querella: hasta la semana pasada, ambos países habían intercambiado ya 8 notas diplomáticas de protesta. En momentos de redactarse este comentario, las relacionaes entre ambas cancillerías están cargadas de tensión, y lo mismo ocurre entre las dos marinas de guerra (lo cual crea un proceso de alimentación recíproca, dado que tanto el régimen militar de Santiago como el de Buenos Aires han confiado la gestión de su política exterior a la Armada). La prensa de ambos países, que desde luego vehicula con fidelidad y ardor las posiciones de los respectivos gobiernos y de los respectivos mandos navales, contribuye por su parte a la polémica. La armada argentina se queja ante Santiago de que lanchas y aviones chilenos llevan a cabo actos más o menos provocativos contra sus unidades que evolucionan en la zona, violando la soberanía de Buenos Aires. Y los chilenos contrarreclaman no menos airadamente. Los primeros incidentes datan ya de madiados de julio. En agosto, los medios de comunicación chilenos reaccionaban con alarma frente al anuncio de maniobras navales argentinas en el Atlántico austral. La precupación chilena se fundaba en que en esos mismos días la Cancillería de Buenos Aires había presentado a la de Santiago una nota de protesta por un mapa oficial chileno que le atribuía a ese país soberanía sobre una porción de las aguas atlánticas. La protesta fue considerada por el diario El Mercurio como "una amenaza a la integridad de la nación" (chilena). Mientras las autoridades argentinas calificaban a las maniobras como "normales", las relaciones entre diplomáticos y marinos de ambos países se tensaban progresivamente. El 11 de septiembre, mientras el general Roberto Viola (mano derecha de Videla) visitaba Santiago y participaba en los actos celebratorios del putsch castrense de 1973, los obervadores políticos notaban en Buenos Aires la nada casual ausencia de representatnes de la Armada argentina en la recepción ofrecida con el mismo motivo por la embajada chilena. En un despacho cablegráfico difundido poco después, la agencia UPI recogió versiones en el sentido de que el viaje de Viola a Chile había generado gran irritación en los mandos navales. Todo este conflicto, en efecto, se desarrolla en un contexto de agrias fricciones que tienen lugar en el seno de las Fuerzas Armadas argentinas. La Marina, encargada de dirigir el Palacio San Martín (la Cancillería) y responsable específica de la defensa de la soberanía marítima, ha asumido un papel crecientemente importante y aspira a convertirse cada vez más en protagonista política. El conflicto del Beagle le depara, del mismo modo que la cuestión de las Malvinas, una excelente ocación para adoptar posturas ultrapatrióticas y presentarse ante la opinión pública como la más indeclinable defensora de los altos intereses nacionales. Estas pugnas internas argentinas inciden así de manera muy directa sobre el diferendo con Chile, avivándolo. El día 22 de septiembre, una formación naval argentina, encabezada por el portaaviones "25 de Mayo" (buque insignia de la escuadra nacional), zarpó desde la base de Puerto Belgrano rumbo al sur, ratificando las intenciones de la Marina de ese país en el sentido de desempeñar un papel de primera importancia en el problema. El arma se mostraba, en esos mismos días, celosa en todos los frentes, y simultáneamente con esa movilización su Comando difundía un comunicado informando de la captura de cuatro buques pesqueros que habían sido sorprendidos ejerciendo su actividad en aguas jurisdiccionales argentinas. El fin de semana pasado le tocó a los bulgaros. Anticomunista al máximo, entusiasta propulsora de la "Alianza del Atlántico Austral" (de la cual los racistas de Pretoria constituirían el pilar africano), la Marina argentina busca presentarse como el más intrasigente custodio de la soberanía nacional, sea cual sea el poder o la ideología de quienes pretendan vulnerarla. Chile, por su parte, se aferra vigorosamente - y sin duda continuará aferrándose- a la inapelabilidad del laudo arbitral británico, con todas las consecuencias que de él se deriven. En tales condiciones, no cabe imaginar que la desescalada geopolítica entre ambos países resulte rápida ni facil. ------------------------- |