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AMERICA LATINA

 

Diario "Clarín"

 

1979

Diario "Clarín", 14 de febrero de 1979.-

 

La guerra del Pacífico

 

 

   Hace hoy un siglo, el 14 de febrero de 1879, se inició una de las mayores tragedias sudamericanas, cuyas consecuencias se prolongan hasta nuestros días. Un batallón chileno de medio millar de hombres, bajo el mando del coronel Emilio Sotomayor, desembarcó en el puerto boliviano de Antofagasta y lo ocupó sin encontrar resistencia. Había comenzado la guerra del Pacífico, cuyas acciones se prolongaron por cuatro años, y que involucró asimismo al Perú, ligado por un tratado secreto de defensa mutua con las autoridades altiplánicas. La conflagración concluyó con la victoria militar chilena, el desfile triunfal por las calles de Lima y la anexión de  territorios pertenecientes a las dos naciones de la alianza. Para Bolivia tuvo el costo adicional de la pérdida de su litoral marítimo, quedando confinada en una mediterraneidad que constituye una traba persistente para el despliegue de su potencial y de su soberanía.

  

   El Chile que emprendió su expansión territorial era una república orgullosa de sus instituciones. Por cinco décadas había ofrecido -al decir del historiador Diego Barros Arana- "el ejemplo único en la América española, y poco común en el resto del mundo, de la sucesión legal y ordenada de todos sus  gobiernos". Contaba con un ejército profesional disciplinado y apto. Su política se orientaba a impedir el aglutinamiento del Alto y el Bajo Perú en una sola unidad política y, subsidiariamente, a obtener la neutralidad argentina. Puso ojos en las riquezas del guano y del salitre, que constituían por entonces los únicos fertilizantes para la agricultura. Para obtenerlos presionó en su frontera norte con trabajadores fuera de sus lindes, empresas que iban a organizar las explotaciones y acciones diplomáticas. A fines de la década del 70, ocho de cada diaz pobladores de Atacama eran de nacionalidad chilena. Bolivia, sumida en una inestabilidad política, crónica, tenía dificultades para gobernar por una sola mano sus regiones dispersas, la más alejada de las cuales era el litoral del Pacífico. Los gobiernos de La Paz y Lima fueron incapaces de organizar sus economías de manera que pudieran soportar el esfuerzo de guerra. El ministro de Hacienda del Perú, José María Quimper, debió librar una sorda y tenaz lucha contra el Congreso  para allegar algunos de los recursos que las tropas requerían para su operación en mar y tierra.

   El detonante de la guerra fue un impuesto de diez centavos por quintal de salitre exportado que el gobierno boliviano aplicó a las compañías que operaban en el desierto de Atacama, en una zona comprendida entre los paralelos 23 y 25, que, por acuerdos anteriores, era explotada en condominio por ambos países, con evidente allanamiento de la soberanía altiplánica.

  Las primeras acciones fueron libradas por mar. La flota peruana tuvo un señalado protagonismo. El capitán de navio peruano Miguel Grau, al frente del monitor "Huáscar", logró desarticular las líneas de aprovisionamiento adversarias y golpear sucesivamente sobre su escuadra, sin presentar batalla frontal. El 8 de octubre de 1879, en el combate de Angamos, la tripulación del "Huáscar" se inmoló ante fuerzas superiores y perdió, junto con su legendario navío, la posibilidad de controlar el rumbo de los acontecimientos. Para los observadores castrenses extranjeros, el episodio demostró la primacía de los acorazados chilenos sobre los monitores.  Alfred Mahan, el gran teórico norteamericano del poder naval, visitó Lima después de la guerra y pudo corroborar las observaciones que sobre los efectos de la artillería, el uso de los espolones, minas y torpedos y la capacidad de evolución de los navíos hizo su adelantado, el teniente Theodorus Mason.

 

   No fue éste, por otra parte, el único episodio heroico. El 21 de mayo de 1879, el capitán de fragata chileno Arturo Prat intentó el abordaje del "Huáscar" desde la nave "Esmeralda". Saltó a la planchada seguido por un suboficial mientras los barcos se separaban. Un autor peruano ha descrito así la escena de su muerte: "El marinero Portales alza el chassepot y, sin saber a quién, descerraja un balazo. Anónimo enemigo con insignias de capitán de fragata, perforado el rostro, el señor Arturo Prat pierde su última y altiva apariencia y, sosteniéndose de nada, exagerando su tiesura, busca el camino con ojos ciegos, alza la espada, gira en redondo acuchillando el aire, allí combatiendo a solas, admirable guerrero que al fin se chorrea de a pocos, como asido de invisibles auxilios. A las 11 y 45 de esa mañana de mayo, el marinero Portales le aplastó el cráneo de un culatazo".

 

   La insensata guerra proseguirá con el desembarco en Pisagua, la campaña de Tarapacá, la caída de los presidentes Prada y Daza en Perú y Bolivia, el bloqueo del Callao, la marcha sobre Tacna, la heroica defensa de Arica por el coronel peruano Bolognesi, la caída de esa plaza donde, entre sus últimos defensores, se halló muerto Roque Sáenz Peña, la toma de Lima y la campaña de la Sierra, donde se han refugiado los útlimos contingentes de la alianza.

  

   A cien años de distancia, puede advertirse el daño que aquella conflagración hizo a la solidaridad latinoamericana. Para Perú ha quedado el irredentismo de las provincias cautivas. Para Bolivia, el drama del aislamiento y la necesidad vital de recuperar la salida al mar. Para Chile, el prestigio de potencia expansionista para la cual la victoria da derechos. Para América toda, el regusto de haber presenciado injusticias, como ocurre en toda guerra, que afectaron el alto ideal de solidaridad surgido en las luchas liberadoras que no fueron fratricidas.

 

 

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