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Periódico "El Día", viernes 30 de noviembre de 1979.- ¿Concluye
el "boom" del petróleo en el Ecuador? Por Oscar
E. Palma "No estamos comiendo las reservas de petróleo" dijo ayer el ministro de Recursos Naturales, Mauricio Dávalos. El alto funcionario señaló, en un tono sombrío, que s no se descubren reservas sustanciales en los próximos años, Ecuador pasará a ser importador neto de crudos. La advertencia se suma a otras, formuladas en los últimos meses, en el sentido de que ha comenzado a desinflarse el "boom" petrolero iniciado espectacularmente a principios de la presente década en esta nación andina. ¿Cuáles son los antecedentes y las causas principales de la situación? Cuando comenzó a brotar a raudales el petróleo en la rica región oriental ecuatoriana, hace unos 8 años, los periódicos norteamericanos hicieron las más optimistas predicciones. Los Angeles Times dijo, alborozado, que el país se convertiría en "el Kuwait del hemisferio occidental". Para el New York Times era más que eso. Se estaba, en su opinión, en las puertas del "largamente buscado Eldorado de los conquistadores españoles". Y un funcionario de Quito veía ingenuamente el asunto como una especie de regalo del cielo. "Pronto será Navidad para todos en el Ecuador", dijo. En efecto, brotaba mucho petróleo, con la ventaja de que tenía escaso sulfuro, lo que lo hacía más consumible y cotizable en los mercados. Todo marchaba bien, aparentemente. Pero ¡ay!, el maná llegaba en una forma tortuosa y la anunciada "Navidad" no se ofrecía plena para el Ecuador. Porque, entre otros inconvenientes los yacimientos descubiertos habían sido entregados por gobiernos anteriores a varios monopolios extranjeros, especialmente norteamericanos, que desde muchos años atrás venían apoderándose sigilosa y hábilmente de dicha riqueza. Una larga historia La historia de la enajenación es larga e interesante. Las compañías foráneas comenzaron a llegar al Ecuador hace más de cuatro décadas. Llegaban, arrancaban concesiones y luego se iban, anunciando destempladamente que no habían encontrado petróleo. Pero retenían las enormes extensiones que les eran entregadas alegremente por la oligarquía criolla. Por ejemplo, la Leonard Exploration (subsidiaria de Standard Oil New Jersey) obtuvo en 1931 más de 2 millones 500 mil hectáreas en el oriente. Y la Anglo Saxon (filial de la firma británica-holandesa Royal Dutch Shell recibió en 1937 unos 10 millones de hectáreas en la misma zona. La rapiña ocurría en medio de una intensa lucha de competencia entre los monopolios norteamericanos y europeos. El capital inglés tenía entonces más influencia en el Ecuador, y la Shell aprovechó esta circunstancia para desplazar a su rival estadounidense. La empresa británica realizó trabajos de exploración durante once años, pero también anunció que no había encontrado petróleo y que todo era inútil, aparentando una retirada. Volvió en 1948, ahora con nuevas concesiones (más de 4 millones de hectáreas en otra zona del país) y asociada a la Standart Oil de Rockefeller, cuyas posiciones eran dominantes. La nueva combinación monopolística obtuvo permiso de exploración por un lustro, más un período de 40 años de "gracia" destinados a la explotación. No se podía pedir más. Todo estaba dado, y en bandeja de plata. Sin embargo, el consorcio "abandono" el país en 1950, sin renunciar, desde luego, a sus concesiones. Se anunció nuevamente que en el Ecuador no había petróleo, pese a que dichas empresas habían descubierto grandes yacimientos, según informaron entonces fuentes ecuatorianas. Sencillamente, los pozos abiertos o localizados (unos 100) quedaron sellados o vedados hasta una nueva oportunidad que fijarían los propios monopolios extranjeros. Era evidente que las compañías internacionales ocultaban el petróleo ecuatoriano porque eventualmente no lo necesitaban. En el mundo del "oro negro" todo estaba cubierto, controlado y perfectamente tranquilo, y en estas circunstancias se había dejado a Ecuador como "país de reserva", manteniendo, eso sí, el juego de las sucesivas concesiones, que se daban a veces por la puerta de servicio. Empero, las cosas comenzaron a cambiar a partir de 1956, cuando los pueblos del oriente árabe, incrementaron sus luchas patrióticas, reivindicando para sí el petróleo de sus países. Mas concesiones Los monopolios internacionales volvieron entonces los ojos al Ecuador, esta vez con una mayor voracidad. En 1957, la Leonard Exploration -que había sido desplazada, pero no derrotada- le arrancó al gobierno de Camilo Ponce Enríquez una concesión de 9 millones de hectáreas en el oriente, es decir, mucho más de lo que había recibido en 1931. Y en 1961, cuando la situación petrolera mundial se hizo más agitada, con el surgimiento de la OPEP, llegó otra empresa norteamericana, la Compañía Minas y Petróleos. Este consorcio, que obtuvo la increíble concesión de 4 millones 500 mil hectáreas en el oriente, con derechos hasta el año 2000 y una serie de otros insultantes privilegios, como la libre convertibilidad y exportación de divisas y la exoneración de impuestos y derechos aduaneros, fue el que inició el festín petrolero en el Ecuador. Años después trasladó sus concesiones a la Aguarico y Pastaza, subsidiaria del poderoso binomio Texaco-Gulf, que simultáneamente recibió otro vasto "regalo" en la misma. Todo ello bajo el gobierno de José María Velazco Ibarra. Al ser derrocado éste, en 1961, su sucesor, el presidente Carlos Julio Arosemena, intentó limitar la enajenación petrolífera. Dictó un decreto que reservaba para el Estado ecuatoriano el derecho de efectuar la exportación de crudo y sus derivados. No era mucho. Sin embargo, Arosemena fue derribado en 1963, mediante un golpe militar con mucho olor a petróleo. La junta castrense que lo sustituyó amplió la entrega de los hidrocarburos al extranjero. Concedió a la Texaco-Gulf otro millón y medio de hectáreas, con derecho a construir oleoductos y refinerías, exportar libremente, gozar de las exoneraciones habituales, etcétera. Hubo un paréntesis en 1966, cuando dicho régimen fue derrocado por un movimiento popular. El gobierno de Clemente Yerobi, surgido entonces, detuvo la carrera de concesiones. La tregua fue momentánea, porque el siguiente presidente, Otto Arosemena, entregó nuevas extensiones en el oriente a 10 subsidiarias del cartel internacional y asignó el Golfo de Guayaquil a la Standard Oil de Rockefeller, enmascarada con el nombre de ADA. El despojo culminó durante el quinto y último gobierno de Velazco Ibarra(1968-1972). En 1971, el grupo británico Bruma -bastante ligado al capital estadounidense- recibió permiso para operar en la costa; cuatro nuevas empresas norteamericanas obtuvieron autorización para catear una superficie de 330 mil hectáreas; y la Texaco-Gulf arrancó al Estado ecuatoriano nuevas garantías para concluir el oleoducto que une al oriente con el puerto de Balao, en la provincia de Esmeraldas. El territorio del país sudamericano había quedado, pues, total y afrentosamente repartido entre los pulpos internacionales, particularmente los de Estados Unidos, con sus ramificaciones. Un nuevo rumbo El gobierno militar reformista y patriótico que en 1972 depuso a Velazco Ibarra cambió las reglas del juego e inició un nuevo rumbo. El equipo del general Guillermo Rodríguez Lara emitió una avanzada ley de hidrocarburos y recuperó grandes extensiones detentadas por las empresas foráneas, así como algunos pozos en funcionamiento. También emprendió tareas de explotación de varios yacimientos, asumió gran parte del comercio exterior, creó la Compañía Estatal de Petróleo Ecuatoriano y adquirió el 51 por ciento de las acciones de Texaco-Gulf. Pero los gobernantes militares -aislados de las fuerzas democráticas y revolucionarias- "no pudieron" con el petróleo. Los fondos provenientes de la exportación no los pusieron plenamente en función del desarrollo económico nacional, especialmente de su base petrolera, permitiendo, por otro lado, que la oligarquía se hartara de buena parte de ellos, para sus lujos y despilfarros, en detrimento del pueblo, que no vio pasar por su mesa al "poderoso caballero don petróleo" y sufrió todos los rigores de una inflación acrecentada por los excesos de la era del "oro negro". Independientemente de su voluntad, el régimen castrense sucumbió ante las presiones de los consorcios internacionales y, en cierta forma les hizo el juego. No promovió un uso racional de esta riqueza no renovable. Por el contrario, permitió el desgaste, la explotación rutinaria y desproporcionada, con base en técnicas o métodos atrasados y en un proceso que, en algunos momentos, parecía presidido por el deseo de convertir pronto al país en "el Kuwait de América Latina". De este modo, las reservas probadas se redujeron. Ahora son de mil millones 787 mil barriles, según anunció el ministro Mauricio Dávalos, frente al triple o cuádruple calculado anteriormente. En fin, los
gobernantes militares dieron nueva participación en el negocio
a las compañías extranjeras y descuidaron la parte nacional de la
industria, que es la que está más notoriamente
en descenso y parece determinar el final del auge petróleo.
El gobierno del presidente Jaime Roldós hace esfuerzos para reordenar el
cuadro nacional de hidrocarburos, y en este sentido anunció ayer un plan
quinquenal energético, cuyo objetivo central es la acumulación de reservas y
el incremento gradual y racional de la producción. En este empeño cuenta con
el apoyo de su pueblo y con la simpatía de América Latina. |